PRIMEROS CAPÍTULOS: Las campanas suenan para el león.
- 17 nov 2020
- 22 Min. de lectura
Estos días han sido como un sube y baja, como un torbellino constante que arrastra desde lo más profundo, desde las entrañas y te vomita en la tierra algo vaga, algo oscura.
Escribí "Las campanas suenan para el león" gracias a una pesadilla que tuve hace un par de años atrás. La inspiración fue naciendo de a poco a través del tiempo, creciendo como una espuma, pausadamente y con extremado empeño en soltar las palabras necesarias que dieran rienda suelta a la historia. No sé, si he contado mucho o poco, o si nada de esto tiene sentido. Mientras tanto, les comparto los primeros capítulos de esta inquietante historia:

La ventana DÍA 1
Eran solo segundos, apenas los suficientes para que los dedos de ambas manos comenzaran a temblar, dejándose llevar por aquel trance infernal. “Uno” pensé aún si cerrar los ojos. “Dos… tres” respiré lo más hondo que pude. Seguí enumerando en mi cabeza. “Cuatro, cinco, seis” sentía ya los párpados apesadumbrados. “Siete, ocho, nueve… diez” continúe con los ojos ya muy cerrados. El aire que entraba a mis pulmones era más calmo, casi apacible. Por lo que con mis ojos del todo relajados, la claridad de lo que vería a continuación podría ser crucial para mantenerme con vida, o al menos, más atenta. “Once… doce, trece…”. La energía se movía al mismo tiempo que las voces y los gritos. Mi cuerpo, pesado y cansado no conseguía moverse ni un ápice, nada, aunque quisiera. Sin embargo, mi cabeza, pequeña ilusión de mis extremidades, había logrado abrir los ojos y ver con apremiante terror aquel sitio lleno de sombras, gritos y lamentos que anunciaban lo peor. Mis ojos, que ya no me pertenecían, lograron caminar un poco más allá. El cuarto donde dormía estaba totalmente oscuro, pero justo al doblar la puerta había una ligera luz que sin mucho afán atraía todo tipo de pensamientos tristes, macabros, profundamente oscuros. Dejé atrás la habitación, mientras un largo pasillo se dibujaba de una forma espeluznante. Al final de este, sólo había una ventana alta. Era cuadrada, pequeña y con un marco de madera que simulaba una cruz. Estaba en lo alto de la pared, esto era en realidad lo único que se podía apreciar, pues, la oscuridad y el miedo estaban tan de la mano que era imposible distinguir una cosa de otra. Las voces continuaron, jamás se detuvieron, seguían siendo igual de tormentosas y tortuosas como las veces anteriores. Los gritos despiadados, los llantos de niños, el doblar de las campanas. Los sonidos parecían susurros distorsionados mientras que aquella ventana perfectamente definida con una luz nocturna del cielo rojo, era el único recuerdo consciente que conseguía guardar. —Leah… —pronunciaron cada una de las voces. —Leah… —volvieron a llamarme. Un grito despiadado, la risa de una anciana, el llanto de muchos niños y la lúgubre tonada de las campanas. Recuerdo que me desperté empapada en sudor, pero mi piel se sentía fría y temblorosa. Mis dedos estaban aferrados a los bordes del colchón, mientras que el olor metálico bajaba desde mi nariz hasta mi garganta. Un silencio perturbador se instaló esa noche, no sabría cómo explicarlo siquiera. La verdad era que mis traicioneros pensamientos habían socavado de nuevo mis memorias en una pesadilla recurrente. Recuerdo aún mucho más, sí, casi todo. Pero mi silencio me ha pertenecido desde hace tanto tiempo que no osaría corromperlo por cualquier necesidad. Tuve la sensación de estar hundiéndome, de estar cayendo a través de un hoyo oscuro y profundo, perdida y olvidada por fin. Mi cuerpo seguía sintiéndose pesado, perturbado, tan cansado. Así que por más que intentaba luchar, mis ojos volvían a cerrarse. “Volví a hacerlo. ¡Lo he matado! ¡Lo he matado!” pensé de inmediato. Al otro lado del cuarto, el rostro de mi hermana me parecía demasiado tranquilo, tanto, que un nuevo miedo me invadió inescrupulosamente. Sus párpados se movían de un lado a otro, probablemente sus sueños carecían de las anormalidades que atormentaban los míos. Kate no tenía pesadillas. Kate nunca recordaba que había soñado la noche anterior. Kate, no tenía sensaciones extrañas, nunca escuchó las voces, los gritos, el llanto, ni las campanas. Había un vacío, un dolor que apretaba mi pecho y no me dejaba respirar. Duraba poco, pero nunca había silencio, jamás, siempre ese latido incesante y perturbador. Mi locura, me impedía hablar. «Hay cosas que no se dicen en voz alta», me repetía constantemente. Yo dejaba que el miedo me oprimiera el estómago aún si tenía la urgente necesidad de gritar. Dejaba que me tragara del todo, que me hundiera los ojos con los dedos, que me torturara con ese sonido seco y casi perpetuo que me estaba consumiendo por dentro. Esa mañana, escuché la alarma cuando sonó, aún si mis ojos se habían abierto más de una vez en la madrugada. No pude evitar tampoco el dolor de cada hueso y la terrible migraña que vivía acechándome cada vez que tenía la oportunidad. —¡Hija de puta! —gruñó Kate. Me giré para observarla, cada movimiento que yo daba era una aguja más para su impoluta piel. Kate era hermosa, con ojos vivaces y altaneros, una larga y reluciente cabellera y un lenguaje mordaz y profundamente directo. Cómo muchas otras veces, intenté hablarle, mover mis labios para decirle lo mucho que la apreciaba, pero nada estaba más alejado de la realidad que mi cariño hacia ella. Mis sentimientos al igual que los de ella, solo se acoplaban para el odio, el miedo y un deseo mortal inconcebible. —¡Leoncito! — gritó mi abuelo desde la sala. Se refería a mí, cuando lo hacía, cuando me llamaba su voz, cuando salía de sus labios aquel mote infantil, su voz se transformaba, era sombría, gutural, lamentosa y me sonaba igual a las que gritaban en mi cabeza. Sin embargo, ya no sentía escalofríos como antes, no como cuando era aún pequeña y él me llamaba así cada vez que nos visitaba. Solía contarnos con astuta perspicacia historias confusas de sus años en el ejército, como si evaluara convertirse en un monumento de héroe, de hecho, siempre se refería con énfasis a esto último “Soy un héroe, lo soy. Que me fusilen ahora si blasfemo.” repetía ensimismado. Lo cierto era que, para ese entonces nadie sabía que estaba perdiendo la memoria, ni siquiera la abuela. Nada cambió mucho desde entonces, solo su mente estaba comenzando a borrarse y, de vez en cuando comenzaba a divagar entre frases de recuerdos que nadie comprendía del todo. Recuerdo a Kate reírse con ligera ocurrencia, o bailar despreocupada, mientras que yo... tenía miedo. Odiaba cada vez que él hablaba. Odiaba sus recuerdos tan vívidos, crueles, despiadados y con una tilde racista imposible de ignorar. Y ese miedo siguió creciendo cada vez que él hablaba solo, cada noche a la misma hora. Era pues aquel escenario espeluznante y aborrecedor de cuando sus ojos se transformaban, quedando totalmente desprovistos de la pupila y el iris, completamente blancos. Muy además estaba la escalofriante, gruesa, ronca, y casi maquinal voz al momento de pronunciar ese cántico desgarrador: “Venire hodie. Et expecto. Nullus somniabunt. Nullus manus singulas.” Seguía cantando así una hora entera, pronunciando las mismas palabras una y otra vez. Estaba sumido en un trance infernal que no dejaba nada más que pensar en todo lo horrible y lo peor. La otra realidad era que nadie más que yo podía escucharlo y eso también me ponía suficientemente incómoda. Era como si, de pronto, su voz solo fuera escuchada por ciertos oídos, pero no los de los demás. —Ya vienen, Leoncito. —había dicho desde la sala. Mis dedos temblaron mientras que el lápiz y el librito de notas se resbalaban de mi mano sin aviso, la perseverancia de mi observación cauta no me permitió moverme de mi cama. Las paredes a mí alrededor se movían con tanto ahínco que no tuve más que ahogar un grito en mi garganta, pues el ruido implacable de sus dientes al chocar unos a otros, se me hacía tan terrorífico como su voz. Esa noche, mis ojos no lograron cerrarse por mucho tiempo. Esa mañana, extrañamente tranquila y radiante, mis pasos titubeaban mientras el suelo asquerosamente alfombrado buscaba retener mis inquietudes a como diera lugar. La cocina, que a su vez se compartía con una sala desprolija y muy sencilla, muchas veces sucia, guardaba aquel aroma fétido que consumía hasta el más cuidadoso de los seres. Mamá, estaba con la mirada fija y perdida entre los restos del café. El abuelo Robbie, sin embargo, y, dentro de lo que su enfermedad le permitía pronunció en un débil susurro: —Ya está hecho, Leoncito. No hay vuelta atrás. Comenzó a reírse y su risa alcanzó cada nivel de volumen indescriptible, el mismo que hacía retumbar los cristales. Daba la impresión que cuando decidía hablar, todo lo demás parecía quedar en silencio. Un silencio oscuro y profundo. Pero en ese momento, del que creía solo sería pasajero, otra voz se añadió tan cantarina y despreocupada. Mi madre, que sin percatarse que su mirada seguía ciega y perpetua al líquido oscuro, entonó: “Venire hodie. Et expecto. Nullus somniabunt. Nullus manus singulas.” (Viene hoy. Lo estoy esperando. Sin sueños, no se queda) —Las campanas… —susurré muy bajo, temblando.
Brownchester DÍA 2
Volví a ese sitio, al lugar en donde seguía siendo invisible, donde mis palabras e incluso mi voz no eran más que polvo en el viento. El día había comenzado de forma calma y con ello había puesto mis ánimos a una mejor disposición. La habitación algo estrecha y muchas veces sofocante, parecía más débil que de costumbre, tanto que, al pasear mis dedos por el borde de mi cama y el resto de la mesita auxiliar, me sobresaltó extrañamente la voz de Kate, que pocas veces reparaba en mí. Me estaba mirando a través del espejo de cuerpo completo que reposaba justo al frente de nuestras camas. Su cuerpo delgado y su rostro ligeramente cansado, pero aún juvenil me parecían fascinantes, a diferencia de su voz, que más bien denotaba cierta inquietud. Fue solo unos pocos segundos antes de que sus dedos alargados y finos volvieran a dibujar el cuenco de sus párpados. Aquel pincel diminuto se deslizaba con facilidad creando su propia obra. Recuerdo el siseo, el casi imperceptible movimiento de sus labios al murmurar, sus dientes que chocaban. Hacía un frío impertinente y molesto. Mi piel se había erizado en su totalidad y estaba temblando. Aquel aire podrido y desgastado parecía haberse soltado de pronto en las cuatro paredes amarillentas y húmedas que nos rodeaban. Sentía incluso, como se apretaba contra mi piel de forma asfixiante. Cerré los ojos para evitar el peso del miedo, de sentirme atrapada y, al mismo tiempo, culpable. Kate se giró del todo para mirarme, pero el énfasis de mis párpados por permanecer cerrados y apretados solo hacían que pudiera sentir la mirada mortal en mi cabeza. Era fácil darse cuenta del odio de Kate, ese sentimiento que le duraba hasta el cansancio, hasta que lograba quedarse dormida y olvidarlo todo por unas horas. Es entonces cuando la escuché gritar, y así, mis ojos se abrieron sin un ápice de duda. La punta de sus dedos, ahora recorría el borde de la cómoda vieja, el espejo frente a ella se tambaleaba mientras ella seguía con sus ojos abiertos, grandes, furiosos. La única ventana de la habitación que daba directamente al minúsculo jardín frontal se abrió impetuosamente, dejando entrar aquella brisa helada de otoño, mientras que la foto que guardaba con tanto recelo cayó al suelo, junto con un lápiz de grafito y mi descuidada libretita de cuero negra, con apuntes diarios que guardaba cautelosamente bajo mi almohada. Allí estábamos ella y yo retratadas en los años que las palabras fluían con mayor facilidad. Éramos dos rostros que se fundían entre pecas y mejillas sonrosadas. En esa época aún nos permitíamos los abrazos esquivos, es por eso que estábamos juntas frente al Lago de Brownchester, un pueblo sumamente pequeño y vacío que sólo atraía a visitantes curiosos y poco precavidos. Mis manos se aferraron con odioso desespero al borde de la cama, con mi cuerpo ya hundido, encorvado y escueto que parecía más bien una súplica. Kate dio unos pocos pasos, pero sus ojos, esos ojos grandes y desamparados ahora me miraban con el más profundo horror y desprecio, mucho más que antes. No me detuve a pensarlo, de inmediato me incliné hacia delante, alargando mi mano para coger la fotografía. Es en ese momento, cuando mis dedos temblorosos la sostuvieron unos segundos más, que una lágrima me recorrió la mejilla, luego otra y después otra más. En cada una de esas lágrimas estaban guardados más recuerdos, muchos más. Ese día en específico, el paseo al lago era una parada necesaria antes de visitar a los abuelos. Mamá, había arreglado su antigua camioneta Chevrolet, y, de forma improvisada nos había anunciado que partiríamos de vacaciones. Esta palabra nos sorprendió tanto, que la ambigüedad de mi madre nos generó ansiedad. Lo cierto era que jamás habíamos sido una familia demasiado unida, ni siquiera nos permitíamos disimular. Por lo que, nuestro solemne nexo más “familiar” eran nuestros abuelos maternos. La abuela Molly y el abuelo Robert Candace eran una pareja bastante peculiar, casi normal. Sin embargo, el abuelo Robbie como le decíamos cariñosamente siempre había sido un hombre bastante estricto, conservador y extremadamente sombrío. Cosas como hablar en voz alta, pronunciar alguna palabra indebida, incluso un simple bostezo durante una conversación eran señales suficientes para un castigo aterrador. Mi madre siempre contaba que su infancia habría sido feliz si su padre no hubiese existido, incluso con aquellas palabras taciturnas con las que siempre se le oía decir de forma despreocupada: “Si mi padre hubiera muerto en la guerra, como tanto lo hubiera deseado, esto jamás hubiera ocurrido.” El camino estaba lleno de rocas suficientemente grandes y deformes. Algunas, más pequeñas, se incrustaban con facilidad en las ranuras de los neumáticos, sin contar la nube de tierra rojiza que se levantaba con facilidad y que, sin querer, nos envolvía en un torbellino grueso que no permitía ver el sendero. Mientras la camioneta se tambaleaba de un lado para otro, mamá intentaba controlar la ira y desesperanza de su suerte. Kate por su parte, se encargó de dejar de notar los detalles y su inquietante silencio podía levantar las mismas sospechas que un homicidio. En cambio, mis dedos saltarines y poco útiles fueron a dar con el vidrio de la ventana. Me quedé petrificada, cuando divisé aquel espectral escenario. Al otro lado de la nube de polvo rojo, aparecieron un par de ojos flotantes, negros, oscuros y abrumadores, que no paraban de mirarme. No había rostro allí, mucho menos un cuerpo que los sujetara. —¿Quién…? —susurré con un hilo de voz. Pero entonces, el estruendoso sonido de las campanas, me hizo perder el conocimiento y mis ojos se cerraron implacablemente. Lo recuerdo entonces, sí, el campanario de la iglesia que se encontraba al final de la calle Luke. La casa de los abuelos, quedaba apenas a unos metros de distancia y muchas de las ceremonias se escuchaban desde allí, incluso las historias que rondaban a esa edificación santa, no eran justamente proporcionales al oscuro secreto que escondían sus paredes. Tenía un carácter gótico y sombrío. Enjuta, en madera oscura y con un cementerio adosado que atravesaba la arboleda justo detrás y se perdía en el frondoso bosque que la presidía. Mi madre estaba concentrada en el maniobrar de aquel auto infernal, giró el volante y consiguió finalmente estabilizarse, aun cuando las piedras y el barro parecían haberse apoderado de los neumáticos. Justo en ese instante la voz de Kate se sintió como un murmullo apresurado, de inmediato sentí el golpe en mi cabeza contra la ventana. Los sonidos fuertes y sibilantes que se produjeron luego de aquello. Kate me había empujado contra el vidrio mientras se burlaba de mí. La vi de reojo, y grité muy fuerte. Me dolía, pero no había sangre. —¡Basta! —gritó mamá a través del espejo retrovisor, mientras sus ojos saltaban de una a la otra. —Acaba de golpearme. —dije entonces presionando los dedos contra mi frente. La risa de Kate, al igual que su cinismo e indiferencia no hacían más que ponerme en alerta. Yo misma sentía el hastío de su parte, el desprecio en su voz y cada acción que emitía contra mí. Mi madre cerró los ojos con fuerza, resoplando muchas veces. Ella y Kate guardaban tanta similitud que era imposible ignorar. La tensión se disipó unos minutos después, cuando desde su lado abrió la puerta, Kate y yo hicimos lo mismo. Mis ojos se abrieron con tal magnitud, que no pude más que quedarme estática, como si, de cierta forma, hubiera estado esperando estos segundos para apreciar las ínfimas delicias de la vida. Quise retratar esa muestra de colores en mi cabeza, con eso logré pues, divisar lo lejos que estaban las montañas pintadas de verde muy oscuro, rodeadas de un celestial halo de nubes esponjosas y grisáceas que las abrazaba con fervor. El lago de aguas claras y tranquilas, se extendía de una punta a otra y se perdía un poco más allá del impenetrable bosque de pinos. El suelo que lograba verse a través de la claridad del agua, estaba rodeado de rocas grandes y pequeñas, con la perfecta combinación de aquel espectáculo de brisa fresca. Mis pasos aletargados titubearon al momento que me subí a una roca de superficie lisa y plana como el horizonte. Parecía entonces que el aire había llegado a mis pulmones de forma plácida, sin contratiempos que pudieran hacer dudar, y así, dejándome llevar, abrí mis brazos para balancear el peso, mientras que escuchaba la risa de Kate que se acercaba corriendo hasta donde me encontraba. —Si te caes y mueres al instante, espero que no me culpes de ello luego. —dijo en tono sarcástico La vi de reojo, con una media sonrisa apenas dibujada en mi cara y aquella inefable sospecha de que había una amenaza invisible en sus palabras. —Estaré muerta para entonces. —le respondí. Respiré profundo, dejando que el aire llenara mis pulmones por un momento. —Vamos niñas, les quiero tomar una foto. —la voz de mi madre se oyó desde donde estaba mientras sus dedos señalaban el claro fondo del lago. Me quedé extrañamente quieta y paralizada, pues Kate chocó su hombro contra el mío y al mismo tiempo pasó su brazo por encima de ellos. Pero todo mi cuerpo temblaba, estremecido por la repentina muestra de cariño de mi hermana mayor. No hubiera podido creer jamás que este tipo de cosas serían clave para nuestra relación unos años más tarde. Atrapamos el aire y lo retuvimos en nuestro pecho por unos segundos hasta que la foto se completara, no respirar hacía que los pensamientos se volvieran más lúcidos, incluso, más vívidos y reales. Recuerdo la sonrisa ligera, la forma que mi madre nos observaba con atisbo de orgullo silente en sus ojos. Kate apretó con fuerza mi hombro, y al principio pensé que estaba jugando, pero me soltó de pronto. —Si caes, mueres. —susurró en mi oído mientras se alejaba detrás de mamá. Su voz tenía cierta ligereza, pero bastó para volverme a la habitación amarillenta y desolada que nos rodeaba. Kate estaba esperando por mis palabras, que al menos emitiera un sonido, no importaba con qué magnitud. Sin embargo, solo me limité a verle los ojos azules, profundos y atemperados. Tan inesperada fue su reacción que no consiguió detenerla cuando cogió la fotografía, arrugándola con ambas manos y terminó lanzándola al suelo. Con un nerviosismo punzante y arrollador conseguí ponerme de pie, mirarle de nuevo a los ojos, a pesar de que mi cuerpo titubeaba y mi boca vibraba por las palabras que no logré decirle. Por un mísero instante, me imaginé abrazándola, o pidiéndole perdón por cada una de las cosas que habíamos soportado por tanto tiempo, pero ella me dio la espalda una vez más, mientras mi lánguido y deteriorado cuerpo quedaba allí, en medio de un caos insolente.
Ojos caídos DÍA 3
Me sorprendí sentada en la grama, con la mirada perdida y los recuerdos casuales e impertinentes que llegaban con importunidad a la cabeza. Había leído un libro hace un poco, de años atrás, que hablaba de lo cercano y lo lejano, de las fuerzas casi involuntarias que llevaban al ser humano a actuar y hablar de cierta manera y, que, muchas veces las decisiones no dependían por entero del ciclo terrenal. En ese entonces, conseguí recitar de memoria uno de los párrafos que más me deleitaba. Recuerdo incluso, lo que sentí después, cuando todo comenzaba a tener sentido. Fue ese minúsculo instante en que mis dedos recorrieron las hojas con sutileza, deslizándose entre apacible mar de letras, hasta que una de las esquinas me dejó un rasguño y mi sangre salpicó aquellas palabras:
«Somos parte de esa agua que se balancea con tranquilidad, que se refleja en las pupilas, que rompe con fuerza cuando llega a la orilla y que también logra arrastrarnos hasta el fondo. Como si un brazo tirara con fuerza, para hundir y consumir el alma, del todo.»
Otra vez, el silbato sonó y arranqué a correr, dejando atrás el verdor del pasto. Mis pies se sintieron ligeros, pero aún me dolían, y, aun así, las gotas de sudor me rodeaban la cara, fueron escurriéndose con notoria impetuosidad hasta mi cuello, de forma bastante incómoda. Corrí muy rápido, muy rápido, propulsando mi cuerpo hacia adelante. Mientras mis ojos se dirigían con prontitud hasta el arco de mis rodillas, divisé las cicatrices, la piel quemada. Una brisa ligera me trasladó de nuevo a aquel presente apagado y desolado. Las otras chicas pasaban a mí alrededor mientras el profesor, de apellido Lars, nos observaba con aire desaprobatorio.
—Fue él. Él lo hizo. Él y el señor Martin. —escuché al pasar un grupo de chicas que parecían concentradas en un descubrimiento importante. Todas abrieron los ojos y los labios de forma pavorosa, o suficientemente alentadora.
Imaginé que las noticias no estaban siendo gratas, aún si no las conocía en su totalidad, pero seguí corriendo, dejándome llevar por el vaivén cadencioso de mi cuerpo en movimiento. Cuando casi llegué al punto de meta, al mismo instante que otra chica más, el profesor Lars, con aire cansado e inquieto hizo sonar el silbato entre sus labios. En ese instante cuando el aire estaba tan lejos de mis adoloridos pulmones, fue cuando me fijé en el color del sol, en ese fervor instantáneo, que podría quemar un bosque entero.
El profesor Lars hacía señas con sus manos para que nos acercáramos hasta él, aunque no lo había podido ver al instante, alguien chocó contra mí mientras lo señalaba. De pronto, había entendido las palabras murmuradas y escondidas en aquel minúsculo grupo de chicas. Escondí mi rostro entre esa multitud de heroínas silentes, que más bien callaban con demasiado impulso un secreto que se sentía a viva voz. Su brazo derecho se elevó para secar el dorso de su frente, mientras que uno de sus lánguidos e inquietos mechones de cabello rubio se deslizó insufriblemente sobre su párpado izquierdo. Detrás de él, el campo de grama verde y cortada a la perfección se extendía unos metros hasta el rejado que delimita al estacionamiento. Era menos sorpresivo que se pensara que la ciudad había sido construida con rigurosa planificación alrededor de un espeso y sombrío bosque, qué, al parecer ya había sido gran evidencia para toda clase de acontecimientos.
El profesor Lars seguía hablando, haciendo gestos exagerados con sus manos, mientras repasaba los labios con su lengua, con excesiva lascivia. Pero es entonces, que todo cambió, los murmullos comenzaron a propagarse con aturdida ligereza, a lo que alertaron la disposición calmada de aquel hombre consumido. Nadie, a excepción de mí, se había dado cuenta del cambio en el clima, de cómo de pronto y apresuradamente el sol se había ocultado tras las nubes frías y grises.
«Hace frío, mucho frío.» pensé mirando a todos lados. El sudor de nuestras frentes se había disipado como se podría perder una gota en el mar. Apreté mis dedos con suma aprehensión, con un hilo de esperanza ferviente de que nada malo pudiera ocurrir, que error el mío.
—Lars, es un hombre muerto. —pronunció.
Mi pecho se infló con el destello de aquella voz, como si el sólo hecho de escucharla, hiciera que todo lo malo, lo horrible y lo impuro, se desaparecieran en un pequeño instante. Me giré por completo para observarla, pues mis ojos se habían detenido en sus manos y en la forma que sonrió después. No me moví, podría decir incluso que hasta olvidé el simple proceso de inhalar y exhalar. Sus ojos grandes y negros, tan etéreos, y con esa profundidad hipnótica, sus labios finos y severos se curvaban de tanto en tanto con empatía. Incluso su pelo largo, lacio y tan negro como el azabache se balanceaba en un danzar lento con la brisa gélida.
Su pálido rostro, se había transformado de puro terror. Tenía la vaga sensación de estar quedándome dormida, con mi cuerpo aletargado como una secuencia siendo grabada en cámara lenta. Aun así, sus ojos, inmensas perlas negras que adornaban su cara con sutileza, no dejaban de mirarme con atención. Lo comprendí al instante, su miedo era tan parecido al mío, al que muchas veces guardaba para mí, o qué, muchas otras, las demás personas a mi alrededor expresaban con extrema impaciencia.
De pronto, se escuchó el grito desgarrador que provenía desde las gradas. Una chica atravesó el campo de grama, con sus pies pesados y su rostro desfigurado y escondido entre las largas líneas de sangre que se deslizaban por sus mejillas. Sus ojos estaban abiertos y totalmente destripados, incluso podría afirmar que saltaban fuera del cuenco ocular. La escena era tan espeluznante como sus gritos y en la forma que sus manos intentaban sostenerlos mientras sus dedos se hundían en los párpados caídos y ligeramente cerrados. Un par de chicas se desmayaron, otras, comenzaron a vomitar y el palidecido profesor Lars estaba a punto de caer al suelo también. Entonces, volví a sentir el tacto, el sutil contacto de su mano sobre la mía. La chica a mi lado, me apretó los dedos con tanta fuerza y temblor, que mi piel comenzó a arder. Sentía aquel terror despiadado, pero más aún sentía la oscuridad que me estaba arrastrando sin piedad. Entonces, mi nombre saltó de sus labios y sus dedos me apretaron con indeseable necedad.
—Leah.
Escuché el susurrado tintineo de la brisa, el doblar de las campanas en un mortal apogeo, las voces y los gritos desgarradores. « ¡Basta! » pensé apretando mis ojos.
—Leah… —repitió.
Mi mente estaba dispersa y el aire en mi pecho se condensaba, proporcionándole un fuerte dolor a mis costillas.
—¿Leah…? —pregunta de nuevo.
«Cálida voz, sutil melodía. No me dejes sucumbir en la desesperación y el terror de mis pensamientos oscuros y vacíos. No me apartes de esta tierra cierta, de estos dedos que me aprietan con fuerza». Pensé en esas palabras, las repetí con ahínco para mis adentros, con el alma totalmente quebrada y desdichada.
—Tenemos que irnos. —susurró.
La miré con sucumbida extrañeza.
—¡Ahora! —dijo con sus ojos fijos en aquella escena de terror.
La fuerza de sus pies era la misma que empleó mientras corría. Mi débil cuerpo se impulsó hacia delante con tanto clamor que mis pies no tuvieron otra alternativa que seguir aquel ritmo inquieto y despiadado. Mientras corría, con su mano y la mía apretadas impetuosamente, seguí viendo las ráfagas verdes que danzaban a mi alrededor.
Cada paso que dábamos acentuaba aquel peso en el asfalto, mientras tanto las miradas borrosas y esquivas que nos perseguían con el mismo interés y fulgor que al principio. Subimos también trotando los pocos escalones que nos separaban de las puertas amarillas de la parte trasera de la escuela.
Atravesamos el pasillo ancho y concurrido, sin imaginar que lo peor estaba por ocurrir. Aquella chica de ojos negros, grandes y aperlados volvió su mirada hacia a mí, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Luego, su mirada y su rostro me dieron la espalda de nuevo. Más ojos centelleantes, furtivos y acusadoras. Más oídos necios y curiosos, todo eso parecía deslizarse entre las paredes y casilleros rojos que adornaban de lado a lado del inmenso pasillo.
Su cuerpo se detuvo justo a los pies de una puerta pequeña, gris, muy agrietada. Con su mano libre giró el pomo, una vez abierta nos metió en aquel lúgubre y oscuro cuadro. Había un olor putrefacto que me inundaba la nariz. Pero, su respiración agitada me hizo sentir inquieta, nerviosa, contrariada.
—Necesitas irte, Leah. —susurró temblando.
—¿Por qué? —pregunté con una voz débil.
—Porque hay personas malas, que hacen cosas malas...
—¿Acaso soy una persona mala?
La piedra
DÍA 4
Mis silentes y vagos recuerdos de la infancia llegan justo a tiempo, antes de que me pierda del todo en mi mente macabra y sombría. Ha pasado mucho tiempo, pero justo cuando tenía cinco años y mis ojos estaban inquietos mientras las hojas de los árboles se movían con fervor, escuché la risa rozagante de Kate. Ella, tenía en ese entonces siete años, pero con una personalidad avasallante. El olor de la grama mojada y recién cortada subió a mi nariz con intensidad, al igual que las diminutas y bien cuidadas rosas rojas que el abuelo Robbie había plantado tiempo atrás para la abuela Molly. Pero mis ojos tan inquietos y furtivos ahora miraban a mamá que estaba dentro de esa casa apagada y oscura. Nos observaba de vez en cuando desde la ventana, pero no era realmente ella.
«Mamá está llorando, está triste», pensé con apremio.
Mis indulgentes sentimientos buscaban apreciar todo lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor, incluso aquellas pequeñas cosas que parecían no ser notadas por la gente común, porque, ciertamente nosotros éramos todo lo contrario. Con una fuerza escueta y bastante torpe, Kate me empujó, mientras mi cuerpo pequeño y aún débil cayó al suelo. Sentí los arañazos en la cara, cuando las minúsculas ramitas rayaban mi piel dejando esa fina línea de sangre a lo largo de mis mejillas, sin contar del sabor errático en mi boca, pues la tierra ya rozaba mi garganta. No podía moverme, Kate había puesto su pie en mi cuello y su espesa risa malévola alcanzaba niveles de horror indescriptibles. Se estaba
divirtiendo tanto, que el aire de mis pulmones se estaba acabando y a ella no le importaba. Nadie vendría, absolutamente nadie podría salvarme de este infortunio momento. De pronto, cuando pensé que la tortura estaba por acabar, arrastró mi cuerpo con sus manos en ambos tobillos, y mi cabeza fue golpeada severamente por una piedra puntiaguda, con aristas irregulares que podrían hundirse fácilmente en la piel de cualquiera. Grité, sí, lo recuerdo. Pero de mis labios no salía más que un débil y
apagado susurro, entonces su pie volvió a mi cabeza y una de las aristas de la piedra, perforó la esquina de mi ojo izquierdo, rasgando con astuto desquicio la piel de mi párpado y parte de mi ojo. La sangre me calentaba la cara, y mis lágrimas, últimas compañeras fútiles se arrastraban por la tierra que me vería morir ahogada.
Moví mis brazos, lo intenté con la efímera esperanza que de alguna forma pudiera liberarme, pero no lo hizo. Su risa siguió más y más fuerte. Me dolía la cabeza, la espalda, los ojos y la boca.
«Mamá es tarde ya...» pensé sin fuerzas.
Poco importaba la edad pues, aún con tan pocos años conseguía consagrar una amarga histeria que me hacía ver más allá, incluso lo más sombrío, lo que nadie se atrevía a ver. Entonces todos mis turbios y fútiles pensamientos se desvanecían al mismo tiempo que mi respiración. De pronto, escuché un golpe seco y luego la voz gruesa de mi abuelo que había gritado el nombre de Kate. Los brazos de mi abuelo me rodearon con firmeza, pero mi cuerpo que estaba tan flácido y casi inerte no respondía a las amargas señales que parecían traerme de vuelta. El ojo aún me dolía, como la cabeza y los dientes, sin embargo, la sangre se había secado en algunas partes, mientras que, en otras, seguía cayendo
impulsivamente.
—¡Imbécil! ¡Imbécil! ¡Inútil! ¡Inútil! ¡Basura! —la voz del abuelo Robbie se alzó con fuerza hacia Kate.
Nadie más que el sonido quieto de la brisa se atrevió a pronunciar un murmullo, mis labios secos no podían más que soltar un suspiro de dolor, y, mucho menos los de Kate. Pero aún en ese calor silencioso que lograba aturdir y atemorizar al más fuerte se vio interrumpido por otro pensamiento.
«Tarde o temprano morirás y nadie lo sabrá» me había dicho Kate unos meses atrás.
Escuché aquel ligero susurro ahogado de mi madre. Las pisadas, las lágrimas y las voces sonaban con demasiada mezquindad, incluso con malignidad. Y entonces, mamá tiró de mí, mientras que el cuerpo de mi abuelo sufría un arrebato parecido a la sensación de perder algo muy preciado, algo que más tarde yo comprendería. Los dedos de mi madre me abrazaron con fuerza. Pero recuerdo su voz tan pragmática, entrecortada y sus lágrimas que me mojaron la cara y el cabello. El aire, por su parte, volvía a arroparme como un viejo amigo, meciéndose con ahínco entre mis pulmones. Y me quedé ahí, muy quieta y silente, también aterrada, pero extrañamente protegida.
De pronto, caí en cuenta del dolor que provenía de mi ojo izquierdo, de la sangre seca que manchaba mi rostro y de cada palabra que aún no se había dicho, esas que me hacían temblar con sólo imaginarlas. Mamá comenzó a caminar con pasos nerviosos y débiles, mientras mi rostro infantil seguía escondido en su cuello tibio. Lograba escuchar el impertinente roer de los dientes del abuelo Robbie, la voz de mi madre a punto de ahogarse en su propia desesperación y tristeza,
además del extraño tintineo de las gotas al caer. Seguí en su pecho, con la terrible sensación de que esto jamás sería lo peor, pues había saboreado estar a punto de morir tantas veces, que por momentos me imaginaba pertenecer a esa oscuridad clandestina e inevitable. Ella se sentó cerca de la pequeña mesa redonda que se hundía en la moqueta azul, acomodó la intranquilidad de mi cuerpo en su pecho y me acurruque en su regazo. Fue entonces, que todo se volvió más oscuro y catastrófico. Sus manos me acariciaron la mejilla con extrema delicadeza, pero su dedo índice se presionó sobre mi ojo herido y sus uñas se hundieron en la carne herida haciendo que la sangre brotara con más intensidad. Grité, grité lo más fuerte que mi pecho permitía. Lloré, también lloré de desesperación, sintiendo el vacío de mi cuerpo siendo transportado a otro lugar.
—¿Lo ves, leoncito? ¿Puedes verlo ahora? —preguntó mamá con voz sutil y espeluznante.
—¡Detente bruja infeliz! Son todas unas imbéciles…—gruñó mi abuelo con ferocidad.
Mamá retiró la mano emitiendo un grueso rugido de rabia, y, al mismo tiempo comenzó a sollozar, seguido de una risa ahogada, dolorosa, infinitamente histérica y posesiva.
No pude abrir del todo mis ojos, pero aun cuando mi cara ensangrentada y odiosamente desfigurada dolía con fuerza, logré ver el suave balanceo de la lámpara que estaba sobre nuestras cabezas. De la nada, un sonido estrepitoso alertó a mamá y al abuelo Robbie. Platos y tazas se estrellaron contra el opaco suelo de la cocina. Un ruido seco y gravemente metálico se deslizó en el aire sofocante, tenedores, cuchillos, llaves y todo lo que estaba alrededor fue poco a poco haciendo parte de un
deliberado sinfín de movimientos que terminaban por hacer caer todo a su paso. Todo a nuestro alrededor se movía de forma despiadada. Recuerdo mis débiles manos cuando se alzaron hasta mis oídos, en un vago intento de apagar aquel terrorífico espectáculo. Era como una especie de estática lineal que no se detenía jamás.
(...)
¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado?
Si quieres seguir leyendo, puedes encontrar el libro completo desde aquí:
https://www.amazon.es/dp/B08L1S5192
Mucho amor, habitantes de este planeta.







![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 4 -](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_f85a395c2027482391fa8a2f2d68b5c2~mv2.jpg/v1/fill/w_447,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/0e502f_f85a395c2027482391fa8a2f2d68b5c2~mv2.webp)
![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 4 -](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_f85a395c2027482391fa8a2f2d68b5c2~mv2.jpg/v1/fill/w_286,h_160,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/0e502f_f85a395c2027482391fa8a2f2d68b5c2~mv2.webp)


![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 3-](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_7596b0367f744095b91350db27455dda~mv2.jpg/v1/fill/w_447,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/0e502f_7596b0367f744095b91350db27455dda~mv2.webp)
![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 3-](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_7596b0367f744095b91350db27455dda~mv2.jpg/v1/fill/w_286,h_160,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/0e502f_7596b0367f744095b91350db27455dda~mv2.webp)
![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 2-](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_437bb32f0432476e90f77371db733592~mv2.jpg/v1/fill/w_447,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/0e502f_437bb32f0432476e90f77371db733592~mv2.webp)
![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 2-](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_437bb32f0432476e90f77371db733592~mv2.jpg/v1/fill/w_286,h_160,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/0e502f_437bb32f0432476e90f77371db733592~mv2.webp)
![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 1-](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_62a83bd937ac44349ab09a180ffb090e~mv2.jpg/v1/fill/w_447,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/0e502f_62a83bd937ac44349ab09a180ffb090e~mv2.webp)
![[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 1-](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_62a83bd937ac44349ab09a180ffb090e~mv2.jpg/v1/fill/w_286,h_160,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/0e502f_62a83bd937ac44349ab09a180ffb090e~mv2.webp)
![[Nosotros] El nuevo relato (dividido en partes) + miniclip promocional.](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_7415d3f6057640a0adc1ab3e8736dfde~mv2.png/v1/fill/w_447,h_250,fp_0.50_0.50,q_35,blur_30,enc_avif,quality_auto/0e502f_7415d3f6057640a0adc1ab3e8736dfde~mv2.webp)
![[Nosotros] El nuevo relato (dividido en partes) + miniclip promocional.](https://static.wixstatic.com/media/0e502f_7415d3f6057640a0adc1ab3e8736dfde~mv2.png/v1/fill/w_286,h_160,fp_0.50_0.50,q_95,enc_avif,quality_auto/0e502f_7415d3f6057640a0adc1ab3e8736dfde~mv2.webp)
Comentarios