top of page

[Nosotros: la historia de Carlos y Fernando] -Parte 1-

  • 10 abr 2018
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 14 abr 2018

-CARLOS-


Huyo.

Siempre huyo, porque no sé hacer otra cosa. Lo mío no son los fantasmas, lo mío más que demonios son monstruos de cara deforme que se alimentan poco a poco de mis inseguridades, del odio y los temores que me asedian desde hace un buen tiempo. Reviso el móvil que no para de vibrar sobre la cómoda. Es un mensaje de Fede:


Tienes que venir.


Hay uno más:


¿Dónde estás?


Doy un largo resoplido, me recorre una sensación de anhelo que agita esa parte sombría de mí. Sonrío.


«Claro que me extrañas. Todos lo hacen» recuerdo la noche pasada


Me levanto de la cama, con el letargo impreso en los ojos, me aseguro que está duchándose mientras escucho el sonido del agua que golpea con vehemencia sobre la cerámica. Antes de salir al balcón, cojo uno de los cigarrillos de la caja, acomodándolo entre mis labios.


El humo en mi boca se cuela poco a poco hasta mi cabeza, dejando un sabor amargo que quema mi garganta, pero que calma la ansiedad y el terror en el que vivo.

Apoyo mis manos sobre la barandilla del balcón esperando que la brisa fría limpie la mierda que hay en mí, la piel de mi pecho se eriza. Escucho el silbido del viento chocar contra las rendijas del ventanal inmenso de marco blanquecino, que adorna la lujosa terraza. También escucho la voz de Pavarotti, entonando Nessum Dorma y cierro los ojos por puro placer de dejarme llevar. El pasado me golpea otra vez, no se va. Comprendo que lo necesito:




«Tengo 10 años y me miro los pies dentro de los tacones negros de punta de mi madre. Me embargó una emoción tierna, dulce, algo que me pertenecía, aquel momento. 


[Tenemos la misma talla] pensé emocionado.


Caminé con inmensa cautela para no irme de bruces contra el suelo de madera. Miré alrededor una vez más y abrí el armario. Mi mano viajaba entre las telas como un avión entre las nubes, las sentía evocando una poesía eterna, delirante, magnífica. Cerré mis ojos tomando el vestido corto rojo con florecillas de colores, era nuestro favorito. Si, nuestro.

Olí su perfume, aún con los ojos cerrados mientras me movía de un lado a otro danzando para mí. El fulgor de sentirme en el lugar al que pertenecía, por fin había llegado, estaba allí acompañándome, bailando conmigo. Hasta que la voz de mi padre me rompió en mil pedazos:


"¿Qué estás haciendo?" me gritó asustado.


Silencio, puro y perpetuo silencio. No había palabra o excusa que me valiera en ese instante.


"Carlos... ¿Qué estás haciendo?" repitió con severidad.


Comencé a llorar sin saber que decirle, ni siquiera yo lo entendía con exactitud. Esos ojos, que siempre me sonreían, hoy se alejaban con toda la irrevocable decepción sellada sobre ellos. Ya no era el niño con el que conversaba de fútbol al salir de la escuela, o el que se caía un par de veces de la bicicleta, o el que jugaba con trenes de madera sobre la mesa de la cocina. Salió del cuarto, aventando la puerta con un golpe seco.»




"Cariño ¿Pero qué haces allí afuera?" su voz avejentada oprime mi estómago de forma nauseabunda, sacándome a patadas de aquel recuerdo. 


Dion, toca el vidrio de una forma desesperada. Antes de girarme para verlo, muestro mi lado más amable y sonrío.


«Viejo de mierda... si no fuera por el dinero» pienso con rabia.


Camino hasta él, abriendo el ventanal a posta, con el frío viento haciendo añicos la piel, como una venganza. Por primera vez comienzo a desear la muerte para alguien. No soportaba la idea de verlo escondido detrás amistades ridículas que de sobra saben su condición, de cómo contrata chicos en las esquinas más oscuras para drenar sus deseos. Sus manos arrugadas, rebuscan entre el albornoz de seda que lleva puesto.


"Te vas a resfriar, cariño. Entra de una vez" me dice con voz aprehensiva. 

"¡Por Dios! que exagerado" anuncio poniendo los ojos en blanco.


Entro al piso mirando mis pies descalzos, desnudos, sin los tacones de punta negra. Dejo que el calor sosegado me invada. Dion, cierra las puertas del balcón y se vuelve hacia mí. Siento sus dedos temblorosos recorrer la línea de mi espalda. Aquella habitación gigante se hace pequeña, tanto que las paredes parecen crujir, apretándome, consumiéndome. Suspiro en silencio mientras sus manos siguen otro camino, el camino que ya había decidido por mi cuenta.


«Mi culpa, mi decisión. No hay vuelta atrás.» pienso tragando el nudo en mi garganta


Aprieto los ojos con fuerza, aún sin girarme. Me decido a interpretar mi mejor papel, el del amante devoto.


"Vamos a la cama, hace frío" me ordena.

"¿Lo que quieres es que caliente esta habitación para ti, no?" pregunto atrevido.


Su mano ya está dentro de mis calzones, intentando provocarme sin éxito, pero le sigo el juego. Para eso me paga. 


"Siempre quiero que lo hagas, pero primero a mi ¿Vale?"

"Vale" me la juego con una sonrisa tímida.


Lo arrastro con total coquetería hasta la cama de sábanas blancas desordenadas y poste adosado en madera oscura, mientras el reloj me anuncia pasadas las siete de la mañana. Todo en él se va mostrando relativo, sus ansias y desespero me hacen repensar todo mi pasado, el que he querido borrar.


«Haz tu trabajo de una puta vez» me ordeno esperanzado. 







***Todas las descripciones, direcciones, lugares, personajes, fueron diseñadas a imaginación del autor, las imágenes fueron tomadas desde la web. Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia***

 
 
 

Comentarios


ENTRADAS RECIENTES
ARCHIVO DEL BLOG

SUSCRÍBETE AL BOLETIN Y RECIBE LAS MEJORES NOTICIAS, NOVEDADES, ACTUALIZACIONES, LIBROS Y... MÁS.

bottom of page