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Los nervios que arruinaron todo

  • 24 mar 2018
  • 4 Min. de lectura

Así que.. aquí voy, contando una de las tantas experiencias a las que me he enfrentado: Una entrevista de trabajo.


Sí, lo sé. Era la más esperada y estudiada por mi, había pasado poco más de un año para poder optar y aplicar por el cargo deseado. Todo parecía realmente más fácil de lo que creía pero... lo arruiné todo, los nervios actuaron en mi cabeza como una puerta de seguridad bancaria, a presión, sin tiempo a escapar.


Una semana antes, había preparado el resumen curricular, me había asegurado de ajustarlo de la forma más apta posible, lo cambié unas 500 veces, literalmente. Como es de esperarse era una posición importante y anhelada por muchos (ni más ni menos), pero eso no iba a detenerme, ya había tenido esta conversación conmigo misma, en casa frente al espejo del baño, con aquello del empoderamiento y toda la cosa.


"-¡Listo! lo envié." Me dije a mi misma, resoplando y mirando el techo del apartamento que según en mi cabeza, era una especie de súplica o esperanza de señal divina que me diera una respuesta acertada, pero no, las cosas no son así de fáciles, así que todo trae a voluntad y actitud (también aptitud) como equipaje de prioridad. Entonces bajé la mirada y sonreí débilmente, ya con la esperanza a la mitad.


Pasaron varios días, los contaba uno a uno, escribía en un papel simples notas de proyectos futuros, era una especie de camino a la cima. Incluso, me veía con aquellos zapatos de senderismo (trekking), licra y camiseta fresca al pie de una montaña altísima. Visualicé el montón de arneses entre mi cintura y pecho. Desde arriba, en la cima como si de un eco se tratara, veia esa posición en la voz de Bear Grylls: "¡Sube que es solo un lote de tierra! Pero no se te ocurra apresurarte porque si caes, puedes morir." ¿Alentador, no?


Recibí la respuesta dos días después, un email corto y preciso: "Lo sentimos, en esta ocasión, no continuas en el proceso de selección..."

Ahí estaba, frente al odenador leyendo una y otra vez aquellas palabras, y mas que nada la forma en la que me podía decepcionar de mi misma. Toda esa montaña o lote de tierra (que había presentido con la voz de Bear) se materializó frente a mi y mis ánimos ese día no estaban mejorando el panorama. Seguí adelante, cerré la pestaña y continué trabajando.


Le escribí un extenso mensaje a mi esposo, con palabras tristes, que más parecían un drama final (así de exagerada soy). Todo lo que pensaba era que me acababa de convertir en la decepción de mi hijo y de él, de lo que no pude lograr y de la falta de aptitud para la posición que intentaba alcanzar.


Su mejor respuesta vino unos segundos después:


"Si fueras una decepción para nuestro hijo no sonreiría como lo hace cada vez que te ve o escucha, no te buscara desesperado cada vez que lo llamas (aunque desobedezca de vez en cuando). Si fueras una decepción, yo no te amaría como te amo y no estuviera orgulloso de ti, cómo lo estoy. Eres lo suficientemente fuerte y valiente, por nuestro hijo, aquellos meses, la forma en que luchas por él desde que nació, la forma que luchas por mi y tu comprensión. Eres perfecta y te amamos tal cual eres"


(No exagero el mensaje, pues así lo recibí y las lágrimas ya están corriendo por mis mejillas)


Mi ánimo cambió y estaba feliz al llegar a casa, un abrazo, una sonrisa y un beso actuaron como la poción de Félix Felicis que Harry bebió antes de hablar con el profesor Slughorn (#FrikideHarryPotterPorSiempre).


Se me olvidó todo, incluso había desechado el correo con la respuesta negativa. Dejé el móvil sobre la mesa de la cocina, preparé 2 copas de vino mientras charlaba con mi marido de trivialidades que había descubierto y nimiedades pasajeras que habría visto ese día.


El sol volvió a salir al día siguiente, agradecí tanto que la lluvia hubiera descansado. Mi hijo me abrazó y comenzó a hablar en su idioma, lo levanté entre mis brazos y esparcí besos atolondrados por toda su carita, él reía. El móvil sobre la mesa de la cocina, sonaba de vez en cuando. Encendí la radio que está colgada de la pared mientras preparaba el desayuno para él: pan de leche con mantequilla y mermelada de higos.


Canté y bailé una canción de moda que sonaba divertida, mi bebé reía o como yo diría: él cree que soy payasa. El móvil sonaba por cada tanto, me acordé que mi madre debía estar escribiéndome y mandando al menos unas cinco notas de voz para saludarnos. Las primeras notificaciones en mi dispositivo las encabezaban 8 mails, de los cuales 7 eran un riguroso "spam" publicitario con las mejores ofertas. El octavo, en cambio, traía una noticia inesperada...


"En esta ocasión somos portadores de buenas noticias. Te informamos que sigues en el ciclo de selección para la posición..."


Proferí un grito de alegría que hizo llorar a mi bebé, bajé la voz diciéndole: "Tengo la oportunidad. Me darán una oportunidad mi amor... Mamá no te quería asustar" Corrí hasta la habitación y seguí gritando... "Sigo en el proceso, sigo en el proceso"...



Hasta que llegó el día: "Te toca, te entrevistarán ahora."


"¿Ahora? ¿Cómo? ¿Ya?" pregunté desesperada.

"Si, vamos. Suerte" Me dice, palmeándome el hombro derecho.


Sentí la presión ahogarme, el pecho me apretaba cuando mi mente divagaba e intentaba recordar un video de posibles preguntas de una entrevista exitosa.


Balbuceé las palabras que recordaba, mis pensamientos me abandonaron y todo lo que creía haber aprendido se había marchado para no volver (como dice la canción de Laura Pausini). Había llegado el momento que creía mío y todo fue un espejismo en medio del desierto.


Al regresar a mi lugar, despúes del "impecable" desarrollo que aparenté desempeñar, respiré con los ojos aguados y el cuerpo cansado.


Resoplé un sinfín de veces y entendí:


Que el mayor error está en dar las cosas por sentado y que las oportunidades sólo se pierden cuando no lo intentas.




 
 
 

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